Cuando la sustentabilidad empieza a definir el valor del deporte

Durante años, hablar de sustentabilidad en el deporte estuvo asociado principalmente a reducir residuos, ahorrar energía o compensar emisiones. Hoy, esa mirada empieza a quedar atrás.

La sustentabilidad está ingresando en un territorio mucho más estratégico: el valor económico y la resiliencia de las organizaciones deportivas.

Un análisis publicado esta semana puso el foco precisamente en esta transformación. Para inversores y actores de la industria, las variables ambientales ya no representan solamente una cuestión reputacional. El cambio climático puede afectar directamente el funcionamiento y el valor de clubes, estadios, circuitos y franquicias deportivas.

Temperaturas extremas, inundaciones, fenómenos meteorológicos cada vez más intensos, aumento de los costos de seguros, interrupciones en las cadenas de suministro y problemas relacionados con la calidad del aire son algunos de los factores que pueden impactar sobre la actividad deportiva.

El deporte, que durante mucho tiempo fue pensado como un espectador de la crisis climática, empieza así a convertirse también en un sector que debe anticiparse a ella.

De la iniciativa aislada a la estrategia

La diferencia es significativa. Una organización deportiva puede instalar paneles solares, eliminar plásticos de un solo uso o implementar sistemas de separación de residuos. Todas son acciones valiosas. Pero el verdadero cambio ocurre cuando la sustentabilidad deja de estar confinada a un área específica y pasa a formar parte de las decisiones centrales de la organización.

¿Qué estadio construimos?

¿Cómo utilizamos la energía?

¿Cómo llegamos hasta el evento?

¿Qué hacemos con los residuos?

¿Cómo protegemos a atletas, trabajadores y espectadores frente a temperaturas extremas?

¿Cómo hacemos que una infraestructura deportiva siga siendo viable dentro de diez, veinte o treinta años?

Estas preguntas ya no pertenecen exclusivamente al área ambiental. Son preguntas de gestión, inversión y futuro.

El caso del Lusail International Circuit

Un ejemplo reciente aparece en el mundo del automovilismo.

El Lusail International Circuit, en Qatar, fue reconocido como el circuito que mejoró en el Sustainable Circuits Index 2026, con un avance de 17 puntos y 31 posiciones respecto del año anterior.

Entre las iniciativas desarrolladas se encuentran la incorporación de energía solar y vehículos operativos eléctricos, junto con una estrategia ambiental integral.

El circuito también cuenta con la máxima acreditación ambiental de la Federación Internacional del Automóvil (FIA) y forma parte del Sports for Climate Action Framework de Naciones Unidas.

El dato relevante no es solamente cuánto avanzó un circuito en un ranking. Es lo que ese avance representa: la sustentabilidad comienza a medirse como parte de la capacidad de una infraestructura deportiva para adaptarse, innovar y sostener su actividad en el tiempo.

El triple impacto llega al corazón del negocio. Este cambio permite pensar el deporte desde una perspectiva de triple impacto.

Impacto ambiental: reducir emisiones, consumo de recursos, residuos y vulnerabilidad frente al cambio climático.

Impacto social: proteger la salud de atletas y espectadores, generar espacios inclusivos y fortalecer el vínculo con las comunidades.

Impacto económico: reducir riesgos, mejorar la eficiencia, atraer inversiones y preservar el valor de las infraestructuras y organizaciones deportivas.

¿Cuánto puede costarle a una organización deportiva no ser sustentable?

El deporte tiene una enorme capacidad para movilizar personas, generar conversaciones y transformar comportamientos. Ahora también enfrenta el desafío de transformar su propia manera de operar.

Porque el futuro del deporte también se juega en las decisiones que tomamos para garantizar que esa cancha siga existiendo mañana.

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