¿Qué tienen que ver un estadio, una bicicleta, una plaza y una política de desarrollo urbano? Mucho más de lo que imaginamos.
Naciones Unidas volvió a poner al deporte en el centro de una conversación que excede ampliamente las competencias: su capacidad para contribuir al desarrollo sostenible de las ciudades.
La nueva declaración reconoce al deporte y la actividad física como impulsores del desarrollo urbano sostenible y plantea la necesidad de integrar el acceso al deporte, los espacios públicos seguros y verdes, la educación, el empleo y el desarrollo de habilidades dentro de las políticas urbanas.
El mensaje es potente: el deporte no debería pensarse solamente como entretenimiento o competencia. También puede ser infraestructura social.
Una ciudad que se mueve también se transforma
Pensemos los 21k de Buenos Aires que se llevó a cabo hace algunos días, miles de personas recorren una ciudad corriendo. Para que ese evento sea posible se movilizan sistemas de transporte, seguridad, servicios médicos, gestión de residuos, voluntarios, comercios y comunidades.
Y sabemos que el impacto puede ir mucho más allá de las horas que dura la competencia. Si una ciudad desarrolla infraestructura para bicicletas, genera espacios verdes, mejora la accesibilidad peatonal y recupera espacios públicos para la actividad física, no está solamente promoviendo deporte.
Está construyendo salud pública, movilidad sostenible y calidad de vida. El deporte puede funcionar entonces como una herramienta para pensar cómo queremos habitar nuestras ciudades.
Desde la perspectiva del triple impacto, esta relación resulta especialmente interesante. En términos ambientales, promover movilidad activa como caminar o andar en bicicleta puede contribuir a reducir emisiones y mejorar el uso del espacio público.
En términos sociales, garantizar el acceso a instalaciones deportivas y espacios seguros puede favorecer la inclusión, la integración comunitaria y la salud física y mental. Y en términos económicos, la actividad deportiva puede generar empleo, turismo, consumo local, inversión en infraestructura y nuevas oportunidades para las comunidades.
Un mismo proyecto puede producir los tres impactos. Ese es precisamente uno de los grandes potenciales del deporte.
De espectadores a protagonistas
Hay además una dimensión cultural. El deporte tiene algo que pocas políticas públicas consiguen con la misma intensidad: capacidad de convocatoria.
Una maratón puede instalar el hábito de correr. Un programa de ciclismo urbano puede cambiar la forma en que una comunidad se moviliza.
Un espacio deportivo recuperado puede convertirse en punto de encuentro para un barrio.
Un club puede funcionar como lugar de pertenencia, educación y contención.
Y un atleta puede convertirse en un referente capaz de influir sobre miles de personas.
Por eso, cuando hablamos de deporte y sustentabilidad, no deberíamos limitar la conversación a la huella de carbono de una competencia. También deberíamos preguntarnos por la huella positiva que deja.
¿Qué ciudad queremos construir?
La gran oportunidad está justamente ahí. El deporte puede ser un laboratorio para diseñar ciudades más humanas: con más espacios verdes, mayor movilidad activa, infraestructura accesible, comunidades conectadas y más oportunidades para desarrollar hábitos saludables. La sustentabilidad, en este sentido, deja de ser solamente una cuestión ambiental. Es una pregunta sobre nuestro modelo de desarrollo.
Y el deporte puede ayudar a responderla. Porque una ciudad que facilita que sus habitantes puedan caminar, correr, andar en bicicleta, jugar y encontrarse no solamente está construyendo mejores deportistas.
Está construyendo una mejor ciudad.
El desafío ahora es que gobiernos, empresas, clubes, federaciones y comunidades entiendan que cada evento, cada estadio y cada espacio deportivo puede ser una oportunidad para generar valor ambiental, social y económico.
El futuro del deporte también puede ser una herramienta para diseñar el futuro de nuestras ciudades.