El fútbol vuelve a enfrentarse a un desafío que excede lo deportivo: el impacto ambiental de los megaeventos internacionales. La próxima edición de la FIFA World Cup 2026 promete ser histórica por su escala, pero también genera preocupación por la enorme huella de carbono que podría dejar.
Por primera vez en la historia, una Copa Mundial contará con 48 selecciones, 104 partidos y tres países anfitriones: Estados Unidos, México y Canadá. La expansión del torneo busca aumentar el alcance global del evento, aunque también multiplica los desafíos logísticos y ambientales.
Distintos análisis independientes estiman que el Mundial 2026 podría generar cerca de 9 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO₂), una cifra considerablemente superior a la de ediciones anteriores. El principal factor detrás de esas emisiones sería el transporte aéreo: entre el 80 % y el 90 % de la huella ambiental estaría asociada a vuelos de selecciones, delegaciones, patrocinadores y millones de espectadores que viajarán entre sedes separadas por miles de kilómetros.
A diferencia de FIFA World Cup Qatar 2022, donde los estadios estaban concentrados en un territorio reducido y muchos traslados podían realizarse por vía terrestre, el Mundial 2026 se disputará en una geografía extensa que obligará a un uso intensivo del transporte aéreo y aumentará el consumo energético, la generación de residuos y la presión sobre la infraestructura urbana.
Sin embargo, algunas ciudades anfitrionas ya comenzaron a implementar medidas orientadas a reducir el impacto ambiental del torneo.
En Atlanta, el Mercedes-Benz Stadium avanzó en sistemas de eficiencia energética y generación solar mediante miles de paneles fotovoltaicos. Por su parte, Seattle desarrolla programas de reciclaje y compostaje que permiten recuperar hasta el 95 % de los residuos generados en eventos masivos.
En tanto, Ciudad de México impulsa el programa “Mundial Verde”, que incluye medidas para eliminar plásticos de un solo uso, fomentar la movilidad sustentable y proteger ecosistemas urbanos estratégicos como Xochimilco.
El debate de fondo ya no pasa únicamente por la organización deportiva o la capacidad económica de los países sede, sino por la posibilidad de que los grandes eventos globales reduzcan su impacto ambiental en un contexto de crisis climática.
La magnitud del Mundial 2026 abre una discusión cada vez más presente en la industria del deporte: cómo compatibilizar crecimiento, espectáculo y sustentabilidad.
Porque el verdadero legado de esta Copa del Mundo no será solamente quién levante el trofeo, sino también qué impacto dejará sobre el planeta.